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Agradezco la confianza que el Santo Padre, Benedicto XVI ha depositado en mí, al encomendarme esta inmensa responsabilidad en esta porción del Pueblo Dios.
Saludo al Señor Nuncio Apostólico, Andrés Carrascosa Coso; a mi muy querido Padre, Hermano y Maestro, Mons. José Dimas; a mi querido hermano Mons. Pablo Varela Server, Obispo Auxiliar, a todos ustedes queridos sacerdotes de esta Arquidiócesis y a los diáconos permanentes. Confío en que el Señor me ayude a ser con ustedes pastor y para ustedes obispo.
Quiero dirigir un fraternal saludo a los seminaristas. Ellos son un signo del amor de Dios, que sigue bendiciendo a nuestra Arquidiócesis con las vocaciones sacerdotales.
A los miembros de vida consagrada, les agradezco de corazón su impagable entrega y los necesarios trabajos que realizan por el bien de las personas y de la Iglesia.
Permítanme que dirija mi pensamiento hacia las religiosas contemplativas del país, quienes desde la vida oculta, al igual que San José, no sólo son una fuerza imprescindible, sino una raíz necesaria para que el árbol de la Iglesia pueda dar frutos de vida eterna. Me encomiendo a sus oraciones para que el Espíritu Santo me ayude a imitar al justo José en su humildad, servicio y caridad.
A ustedes queridos laicos y laicas, en su diversidad de ministerios. El Señor los ha llamado para ser testigos de su amor, cooperar en la edificación de la cultura de la vida y construir la civilización del amor. El reto no es fácil, pero nuestra fuerza está en la certeza de que el Señor Jesús está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt28, 20b).
Manifiesto mi afecto y cercanía a los jóvenes, ustedes están llamados a ser los grandes evangelizadores de la cultura actual impregnada por las nuevas tecnologías, donde tienen mucho que aportar a la sociedad y a la Iglesia.
Deseo expresar mi preocupación y atención especial por los pobres, los enfermos, los que viven en la marginación, los niños y ancianos abandonados, los encarcelados; que con nuestra cercanía ellos tengan la certeza que en los momentos difíciles sólo Dios puede abrir las puertas de la esperanza.
A los hermanos de otras comunidades religiosas, a las autoridades civiles, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, les manifiesto mi deseo colaborar para que juntos construyamos un mejor Panamá.
Solo me resta pedirles a todos su oración para que mi preocupación diaria no sea otra que la de subirme con Cristo en la cruz para ser, con Él y por Él, un verdadero pastor.
Que la protección de Santa María la Antigua, Madre y Patrona, nos ayuden a que esta Iglesia Arquidiocesana sea un espejo nítido del amor de Dios para los hombres y las mujeres de nuestra sociedad.
Dios les bendiga.
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