| Arquidiocesis de Panamá, clausura año sacerdotal |
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La misma fue Concelebrada por Su Excelencia Reverendísima Mons. Andrés Carrascosa Coso, Nuncio Apostólico de SS. Benedicto XVI en Panamá, Su Excelencia Reverendísima Mons. José Domingo Ulloa Mendieta, O.S.A., Arzobispo Metropolitano y gran número de sacerdotes de la arquidiocesis. Homilía de S.E.R. Mons. Andrés Carrascosa Coso Misa de Clausura del Año Sacerdotal
En primer lugar quiero agradecer a Monseñor Ulloa la invitación a presidir esta celebración como Representante del Santo Padre, en la que el Clero de Panamá quiere unirse a esta celebración Conclusiva del Año Sacerdotal en esta Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que es el día de la Oración por la Santificación del Clero. Ustedes, queridos laicos, me van a perdonar, me van a disculpar, pero yo hoy quisiera predicar a mis hermanos en el sacerdocio. Quisiera abrir el corazón. Es incómodo mirar para atrás [hacia los concelebrantes], me van a disculpar. Creo que el Año Sacerdotal ha sido un regalo que el Papa nos ha hecho. Un regalo que nos estimula y que al mismo tiempo nos exige plantearnos, en una gran seriedad, aquello que hemos recibido. Que nos llama a dar pasos en ese camino de crecimiento, que en teología se llama el camino de perfección espiritual, de la cual al final depende también la eficacia de nuestro ministerio. Y este Papa nos lo está recordando de muchas maneras. Todos sabemos, hemos estudiado en teología, que lo que hacemos se realiza ex opere operato y no ex opere operantis. No es por la virtud del que lo hace sino por el Señor que actúa en él. Pero también todos sabemos que de la vida espiritual, del testimonio de quien evangeliza y administra los sacramentos depende también gran parte del fruto que después esos sacramentos producen. Yo, hermanos, pienso siempre que la gente no es tonta. A veces van a pedirle a un padre ‘rece por mí’, a un padre que reza y no van a decírselo a un padre que no reza. La gente sabe más, el pueblo de Dios tiene Espíritu Santo. Yo creo que la gracia del Año Sacerdotal tiene que ser esa renovación interior que el propio Papa nos pedía al comienzo, no sé si recuerdan la Carta que escribió el año pasado y que he tenido oportunidad de releerla durante el año y yo les invito a que no la dejen allí porque, aunque haya esencialmente concluido el Año Sacerdotal, da mucha luz para nuestro ministerio. La impresión que yo he tenido cuando la leía es que habla mucho del Santo Cura de Ars. Yo me dije: ‘bueno, los tiempos han cambiado’. Sí, las circunstancias han cambiado. Ars era un pueblecito de 200 personas y hoy la vida moderna es otra cosa. Pero lo que impresiona es el alma con la que este hombre vivía su ministerio, y eso no cambia. Era como la expresión de esa Palabra de Dios “el celo por tu casa me devora”; ese hombre vivía con pasión su ministerio y al mismo tiempo, con la conciencia de no sentirse digno. Yo creo que es algo… que a mí al menos me impresiona profundamente. El sacerdote, sabemos todos, y el Papa nos lo ha recordado en estas últimas semanas en las Audiencias de los miércoles en que ha hablado del Año Sacerdotal, el sacerdote actúa in Persona Christi, en representación de Cristo, del Señor. Pero no actúa nunca en nombre de uno que está ausente, actúa en la Persona misma de Cristo Resucitado que se hace presente con su acción que es realmente eficaz cuando hay un sacramento: “yo te absuelvo”, y la persona queda absuelta; “esto es mi Cuerpo”, y ahí está el Cuerpo de Cristo. El sacerdote no hace teatro en nombre de un ausente, le da cuerpo a Cristo Resucitado. Los tres oficios del sacerdote, enseñar, santificar y gobernar, son en realidad tres acciones de Jesucristo Resucitado. Yo les invito a que vayan a mirar las catequesis en marzo-abril-mayo que el Papa ha hecho sobre los tres munus. Cuando hablaba del Munus docendi, de la función de enseñar, él decía: “Miren hermanos, nuestro mundo vive en una tal confusión que las personas se preguntan sobre el sentido de Dios, sobre el sentido de las cosas, son un poco como ovejas sin pastor, de las cuales Jesús tuvo misericordia y les habló del Reino, les habló del Evangelio. “Esta es la función que in Persona Christi el sacerdote realiza: hacer presente en la confusión y en la desorientación de nuestro tiempo, de nuestro mundo, la luz de la Palabra de Dios, la luz que es Cristo mismo en este mundo nuestro. Por lo tanto –decía el Papa y yo quiero repetírselo– el sacerdote no enseña ideas propias, una filosofía que él mismo se ha inventado, que ha encontrado no se en qué libro que le gusta. El sacerdote no habla por sí mismo, no habla para sí mismo, para crearse admiradores o un partido propio, no dice cosas propias o invenciones propias, sino que en la confusión de todas las filosofías, el sacerdote enseña en nombre de Cristo presente…, anuncia la Palabra de Cristo, la fe de la Iglesia y no sus propias ideas. Y debe decir también, ‘yo no vivo de mí y para mí, yo vivo de Cristo y para Cristo’.” La enseñanza del sacerdote, las verdades de fe, tiene que interiorizarlas, esa Palabra tiene que vivirla en un intenso camino espiritual personal. El sacerdote tiene que creer, tiene que acoger, tiene que vivir como propio lo que el Señor le ha enseñado y la Iglesia le ha transmitido. El sacerdote enseña una palabra de Dios que él la vive en primer lugar y si no hay un desfase que la comunidad nota inmediatamente. Y dice el Papa: “esa enseñanza se da en la preparación de la predicación de las fiestas – y dice él – sin excluir la predicación de todos los días, en el esfuerzo de la formación de la catequesis, en las escuelas, en las instituciones académicas, pero de manera especial el sacerdote enseña a través del libro no escrito que es su propia vida.” La vida habla más que nuestras palabras. “Pero lo hace no con la presunción de quien quiere imponer verdades propias sino con la humilde pero alegre certeza de quien ha encontrado la Verdad, ha sido transformado por esa verdad y por eso no puede menos que anunciarla”. La tarea de santificar. Dice el Papa: “santificar a una persona significa ponerla en contacto con Dios, con su ser luz, con su ser verdad, con su ser amor puro. Ningún hombre por sí mismo, partiendo de sus propias fuerzas puede poner a otro en contacto con Dios. Esto se realiza en el anuncio de la Palabra, y se realiza especialmente de una manera densa en los sacramentos que impartimos”. Pues bien –dice el Papa– cuidado, que “ha habido quien ha querido disociar el anuncio de los sacramentos, la dimensión del anuncio separándola de la dimensión de la santificación” y eso es un error. “Sobre todo en nuestro tiempo en el cual por un lado parece que la fe se va debilitando, y por otro emergen una profunda necesidad y una búsqueda generalizada de espiritualidad, es preciso que todo sacerdote recuerde que en su misión, el anuncio misionero de la Palabra y el culto, la celebración de los sacramentos, no pueden ir separados”. Y decía: “Esa conciencia nos debe llevar a ser humildes y generosos en la administración de los sacramentos, en el respeto de las normas que tiene la Iglesia, pero también en la profunda convicción de que la propia misión es hacer que todos los hombres unidos a Cristo puedan llegar a encontrarse con Dios”. Él nos invitaba y decía: “queridos sacerdotes vivan con alegría y con amor la liturgia y el culto y vuelvan al confesionario”, Eso no va de moda en determinadas asambleas de pastoral pero el Papa lo dice: “vuelvan al confesionario”, hay gente que está queriendo encontrar la Gracia de Dios y nos encuentra ocupados en mil historias y no disponibles a la atención del pueblo. Y vuelvan al confesionario también ustedes porque nosotros somos los primeros que tenemos que encontrar nuestra fuerza en el perdón, en la misericordia de Dios. Sobre la función de regir y gobernar, decía el Papa: “es guiar con la autoridad de Cristo y no con la propia a la porción del pueblo de Dios que se nos ha encomendado”. “Para ser pastor según el corazón de Dios es necesario un profundo arraigo en la viva amistad con Cristo, no sólo de la inteligencia sino de la libertad, de la voluntad. Una disponibilidad incondicional de llevar al rebaño encomendado, no donde quiero yo sino donde el Señor quiere, no en la dirección que a mí me parece más cómoda o más conveniente o más fácil. Esto requiere una continua y progresiva disponibilidad a dejar que Cristo mismo gobierne mi existencia sacerdotal”. “Si no vive una obediencia profunda y real a Cristo y a la Iglesia, el presbítero, la docilidad del pueblo de Dios a sus sacerdotes no se dará”. “El pastor es pastor guiando y custodiando a su grey, y a veces impidiendo que se disperse”. Pero, “¿de dónde puede sacar hoy un sacerdote la fuerza para el ejercicio del propio ministerio en plena fidelidad a Cristo y a la Iglesia, con una dedicación total a la grey? Sólo hay una respuesta: en Cristo Jesús. El modo de gobernar de Jesús no es el dominio, es el servicio humilde y amoroso que se manifiesta en el lavatorio de los pies”. Cristo es Rey, sí, pero “la realeza de Cristo sobre el universo no es un triunfo terreno, se alcanza en el madero de la cruz”. Y ese es nuestro lugar como guías. “Se trata de formar a Cristo en los creyentes, mediante ese proceso de santificación” que les ayuda a convertir “sus criterios, sus escalas de valores, sus actitudes, para dejar que Cristo viva en cada fiel”. Y en eso tenemos que ser nosotros los primeros. Hermanos, yo quiero compartir con ustedes tres cosas que yo fui descubriendo en mi camino sacerdotal, algunas cosas vienen de la época del seminario –camino sacerdotal del que voy a celebrar 30 años en las próximas semanas–. Había una cosa que me martilleaba el alma los últimos años de teología: ¡ser un hombre de Dios! Porque yo decía: ‘la gente va a venir a mí mañana y no les va a interesar lo que yo pienso de las cosas, les va a interesar que yo les diga lo que Dios quiere. Pero yo no seré capaz de decírselo si yo no soy un hombre de Dios que primero hace esa experiencia’. Y ahí descubres que el presbítero tiene que ir por delante respondiendo a la llamada que Dios le hace a él y de esa manera iluminará el camino de quien viene detrás. Vamos a celebrar pasado mañana la Fiesta de San Antonio. San Antonio, me impresionó mucho, decía: “el gran peligro del cristiano – vamos a poner aquí del sacerdote – el gran peligro es predicar y no practicar, es creer pero no vivir de acuerdo con lo que se cree”. A ese respecto, eso exige una conversión de la que hablaba… quiero citarles. En estos días en que en Roma ha habido varias actividades con esos 15,000 presbíteros, una de las conferencias la dio el Cardenal Arzobispo de Colonia, Cardenal Joachim Meisner, y le dijo a los sacerdotes: “Hermanos, el mundo necesita sacerdotes convertidos, no ingenieros eclesiásticos”. Y muchas de nuestras reuniones nos las pasamos a ver si se organiza la parroquia de tal o tal manera, y se nos olvida que nuestra prioridad tiene que ser la conversión personal. Decía el Cardenal Meisner: “hacer solamente correcciones a las estructuras de nuestra de nuestra Iglesia, ¡no es suficiente! Bastaría para hacer un show más atractivo. Pero ¡no es suficiente! Lo que se necesita es un cambio de corazón, de mi corazón”. –No miremos a nadie, del mío–. “Solo un Pablo convertido podía cambiar el mundo, no un ingeniero de estructuras eclesiásticas”. Y cuando el sacerdote lleva “el estilo de vida de Jesús, los demás lo perciben. Y el obstáculo mayor que tenemos” es no vivir a la altura de eso, “es el pecado”. Por eso “no hay nada más importante que esa conversión”. La segunda cosa que me impresionó mucho en mi recorrido, y que me llamó la atención de una manera particular el día de mi ordenación episcopal en la Basílica de San Pedro, cuando Pablo le dice a Timoteo: “cuida de ti y cuida la enseñanza”. ¡Cuida de ti! Lo más sagrado que tenemos, hermanos, es nosotros mismos, es nuestro sacerdocio. Cuida de ti. Porque si no asimilamos lo que somos, si no asimilamos nuestro ser discípulos, si no cuidamos de ser discípulos en esa conversión a los criterios del Señor, si no ponemos en práctica no podremos predicar con la vida antes que con la palabra. La tercera cosa. Me impresionó mucho el ser presbiterio, el no ir “por libre”. Ser presbiterio en la fraternidad. Y ser presbiterio, eso me hizo entender que yo no soy el sacerdote. El presbítero son los brazos largos del Obispo que es “el Sacerdote” en la diócesis, y no puede actuar por su cuenta. Crear familia entre nosotros, crear familia no sólo en ocasiones solemnes como éstas… –Me van a dejar decir que yo hoy estoy extrañado de ver a pocos sacerdotes–. No sólo en esto, sino ser familia, ser hermanos entre nosotros, en la fraternidad. Pero también, déjenme decirles una palabra escandalosa hermanos, también en la comunión de bienes. Hay hermanos con mucho dinero y hay hermanos pasando dificultad, y no sucedía así en la primitiva comunidad. Y esas son las cosas que, antes o después, se van a tener que plantear. No por ley sino por comunión, por exigencia de fraternidad. El construir fraternidad también en la preparación. A mí me ha hecho mucho bien la preparación de la homilía junto con otros hermanos, compartiendo experiencias de vida, y a partir de ahí uno sale y predica la Palabra que ha estado tratando de vivir con otros hermanos. Tiene otra fuerza, no tiene teorías, tiene vida. Y todo eso por construir esa unión, esa comunión, esa unidad de la que me gustó mucho escucharle al Señor Arzobispo en un par de ocasiones, “unidad” no para la eficacia, no para ser más eficaces en la acción, sino por el testimonio, porque “en esto conocerá el mundo que son mis discípulos, si tienen amor los unos por los otros”. Yo recuerdo en un país donde estuve, párroco y coadjutor darse puñetazos en la Iglesia delante de los fieles. Uno después puede predicar lo más bonito que quiera pero eso es como sembrar sal, ahí no crece nada. El Señor nos ha dicho: “que sean una sola cosa para que el mundo crea”. El apostolado no es en primer lugar un movimiento centrípeto de ir fuera, en primer lugar es un movimiento de construir comunión entre nosotros, y eso a veces se nos olvida. Bien, el Papa no han faltado oportunidades para decirnos durante este año cuánto estima el trabajo y la donación de la inmensa mayoría de los sacerdotes. Esta mañana el Papa ha hecho una homilía lindísima. Me van a permitir que les diga alguna idea. Les decía a los 15,000 sacerdotes en la Plaza de San Pedro: “Hermanos, el sacerdocio no es un «oficio», es un sacramento. Dios usa un pobre hombre como yo a fin de hacerse, a través de él, presente para los hombres y actuar en su favor. Esta es –llamaba el Papa– la audacia de Dios que se ha fiado de nosotros. Que Dios nos considere capaces de esto, eso es lo que queríamos celebrar en este Año Sacerdotal. Pero, –dice– tendríamos que habérnoslo esperado que al Maligno, al «enemigo», no le iba a gustar que brillase este sacerdocio. Y así ha sucedido que precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz como un torrente los pecados de los sacerdotes – sobre todo en el abuso sobre los pequeños”. Y ha dicho, y yo quisiera que nos uniéramos todos en esta actitud: “también nosotros pedimos insistentemente perdón a Dios y a las personas envueltas en estos escándalos, mientras prometemos hacer todo lo posible para que tales abusos no sucedan más”. Y ha ido especificando: prometer que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación vamos a hacer todo lo posible por discernir bien las vocaciones, pero también acompañar a los sacerdotes en su camino a fin de que el Señor los proteja y los custodie en situaciones penosas y en los peligros de la vida. Pero, hermanos, vamos a decirnos una cosa clara: nadie puede acompañar a quien no se deja acompañar. Vamos a dejarnos acompañar por otros hermanos y por su Obispo, que no se les acerca por meter la nariz en su vida sino por ser un hermano que puede dar una luz y un estímulo. Decía el Papa: “Si el Año Sacerdotal hubiese sido pensado como una glorificación personal nuestra, habría sido destruido por todo lo que hemos vivido. Pero se trataba para nosotros de lo contrario: el ser agradecidos por el don de Dios, un don que se esconde en “vasijas de barro” y que siempre pasa a través de toda la debilidad humana, y eso hace concreto el amor de Dios. Ahora tenemos por delante una exigencia de purificación, el don de responder a la osadía de Dios y a la humildad de Dios con nuestra valentía, con nuestro ánimo, con nuestra humildad”. Y decía –hoy que es el Sagrado Corazón de Jesús– tomen la Palabra de Cristo: “tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Es decir, el Papa nos está invitando a todos, pero particularmente a los sacerdotes, a la penitencia (palabra que no está de moda, ¿verdad? No.): no esconder las heridas por las que la comunidad eclesial está marcada, por la debilidad y el pecado de algunos de sus miembros, pero tampoco olvidar el servicio gratuito y apasionado de tantos sacerdotes, muchos de los cuales dan testimonio de santidad, entregándose sin reservas para educar en la esperanza, en la fe, en la caridad. Y ahí, recuerdan lo que el Papa decía en el viaje a Fátima hace un mes hoy: “la profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender por una parte el perdón que debemos a quien peca, pero también la exigencia de la justicia”. Un pastor, un obispo, el Papa, o nosotros mismos tenemos que ser… Un obispo es padre del sacerdote que crea un abuso. Y hay quien dice: ‘ah, lo tiene que tratar de una manera, es su hijo’. Y ¿no es hijo del Obispo la víctima? ¿Y vamos a tratar de igual manera quien abusa y quien es abusado? Eso significa la exigencia de la justicia. Y eso debe estar muy claro, en nombre de la Iglesia no podemos cubrir nada, hermanos. No vamos a cubrir lo más lejano al Evangelio en nombre del Evangelio, no se puede. Bien, en este momento preguntémonos: ¿qué puedo hacer para renovar en mí el don de Dios que me fue conferido con la imposición de las manos?, como dice Pablo a Timoteo. ¿Qué puedo hacer? Bien, el Año Sacerdotal oficialmente concluye pero no termina. Nos debe dejar como una prioridad: nuestro contacto con el Señor en la oración. Pregúntate, cómo está tu vida de oración. Tenemos que profundizar en la manera de ser y en la manera de actuar de Cristo, porque estamos llamados a actuar “in Persona Christi”, pero eso significa que tenemos que aprender a vivir con su estilo de vida y tener como punto de referencia su manera de actuar, su manera de ser, el estilo de ser y de actuar de Jesús, el testigo fiel, el único Sumo y Eterno Sacerdote cuya fidelidad –“Fidelidad de Cristo”– hace posible nuestra pequeña fidelidad –“fidelidad del sacerdote”– que es el lema de este año. Por eso el Papa nos insiste: seamos concientes de que este tesoro lo llevamos en vasijas de barro y que hay que protegerlo, y que ciertamente hoy nosotros los sacerdotes estamos muchísimo más expuestos de lo que lo estaba el Santo Cura de Ars en su tiempo. Los medios de comunicación, la televisión, la internet… O uno tiene un fuerte autodominio o la corriente se lo lleva para abajo. En tiempos del Santo Cura de Ars estaban mucho más protegidos. Hoy incluso uno puede estar en su cuarto pero estar extremamente desprotegido frente al mundo que te entra en la pantalla del ordenador. Entonces, si no somos conscientes de que este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, nos lleva la corriente. Tenemos que aprender que nuestro sacerdocio es un “vivir para”: un vivir para Dios, un vivir para los demás. Y si no somos alguien que “vive para”, somos unos egoístas que no han entendido lo que son, no han entendido su ministerio, no han entendido lo que es el ser de Cristo. “Vivir para”: nuestro ministerio es para los demás. Yo bromeo siempre y digo: ‘miren, nosotros los sacerdotes no podemos darle la vuelta a la mano para darnos la absolución’. Nuestro ministerio es para otros pero para mí yo me tengo que poner de rodillas delante de otro para que me dé la absolución. Por ahí va el estilo de Jesús: ser para otros. Y decimos en la Eucaristía: “porque no vivamos ya para nosotros mismos sino para Él, que por nosotros murió y resucitó”, en la Plegaria Eucarística IV. Ser para Él y ser para los demás. “Ser para” vivir creando comunión entre nosotros, fraternidad entre nosotros, con un amor que va dejándose la vida, que va amando a su gente, queriéndonos entre nosotros porque somos hermanos, porque repito, en esto conocerán que somos discípulos de Jesús, si nos queremos, y no si no nos podemos ver. Hermanos, tenemos entre las manos realidades que nos superan, que son más grandes que nosotros, que no las podemos manipular y dominar sino que tenemos que dejarnos dominar por ellas, porque por esas realidades, los sacramentos, la vida espiritual, por ahí pasa la presencia de Jesucristo, su acción en la vida de la gente. Por eso el sacerdocio no nos pertenece, los sacramentos no nos pertenecen. Son los sacramentos de Cristo, de la Iglesia. Y ahí el Papa insiste: cuidado, que a veces hacemos mamarrachadas a la hora de celebrar los sacramentos y no son nuestros. Yo no puedo cambiar la Misa como me da la gana porque no es mía, es de la Iglesia. Y así sucesivamente. Pero esa consciencia de que tenemos en las manos realidades que nos superan nos debe llevar a vivir con un corazón grande, un corazón que ama a todos, correspondiendo a la llamada que Dios nos ha hecho de entregarle la vida, porque en el fondo tenemos que llegar donde Pablo: “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”, y sólo en ese momento estaremos siendo, estando a la altura de lo que el Señor quiere. Cuando comenzó el Año Sacerdotal yo recuerdo haber escrito: “este año nos va a ayudar a entender que la mayoría de los presbíteros vivimos nuestro celibato con serenidad y con alegría, con plenitud y con gozo”, no somos bichos raros, “somos personas realizadas como personas y podemos vivir con madurez, aunque eso nos exija: oración, sacrificio y vigilancia –todos valores que están en la esencia del Evangelio pero que no están de moda en nuestro mundo”, por eso nuestro mundo no nos entenderá. Si queremos entender nuestro sacerdocio no podremos olvidar que el Señor nos ha dicho que nos deja en el mundo pero no somos del mundo. Cuando reza al Padre le dice: “no te pido que los saques del mundo sino que los preserves del Maligno”. Pero estamos en el mundo. Y “al mundo moderno que todo lo juzga desde el prisma del hedonismo, de la incapacidad de vivir la renuncia a un placer inmediato por un bien superior, le parece un disparate hablar de autodominio, hablar de continencia, hablar de castidad”. Eso es lo que esta falsa cultura, esta pseudo cultura en la que vivimos trata de imponernos. “Hay quien quiere hacer pensar que el celibato es una aberración o es un modo de reprimir al ser humano que no conoce la alegría. Eso lo piensa quien no conoce la alegría de tener un corazón puro, limpio, que sabe estar disponible para toda la humanidad porque en ella encuentra a Cristo”. Y se nos dice: ‘ah, si no tuvieran el celibato tendrían más vocaciones, ¿sabe usted?’ Yo he vivido en cuatro continentes, a mi la vida me ha viajado mucho. Yo me he encontrado con muchos responsables de iglesias que no tienen el celibato, que tienen ministros casados, y tienen muchas menos vocaciones que nosotros –la vocación es una cuestión de fe, no de celibato–, y nos dicen: ‘no pierdan el tesoro que tienen’. Bien, me dejan… pido disculpas porque estoy exagerando. Una frase sólo a ustedes [laicos]: recen por sus sacerdotes, recen por nosotros. Hoy es el día de la Oración por la Santificación del Sacerdote y nada menos que eso es nuestra tarea. Recen para que seamos lo que Dios quiere que seamos para ustedes: “sacerdotes según el corazón de Cristo”. Ese Corazón de Jesús que hoy celebramos es nuestro modelo. Y les digo esto porque estoy convencido de que es más fácil criticar a los curas que rezar por ellos. Hermanos sacerdotes, yo les diría a ustedes otra cosa más, una sola. Recemos los unos por los otros. Recemos. Es más fácil también criticarnos entre nosotros que rezar por los demás, ¿no? Cuántas críticas encontramos: ‘aquél que lleva la parroquia no se como, mira cómo hace’; ‘aquél que… ¡Oh!’ ¿Cuánto hace que no ha rezado usted por un hermano suyo, o por todos sus hermanos? ¿Por qué no hacemos el compromiso de rezar los unos por los otros? Por qué no hacemos el compromiso de subrayar lo positivo que tiene mi hermano en vez de subrayar lo malo. Por qué no hacemos el compromiso de no hablar de un hermano sacerdote si no puedo hablar bien. Por ejemplo. A mí la cosa que más pena me da en el mundo es lo que se llama la ‘envidia clerical’. Que si hay dos palabras que no deberían ir juntas es: ‘envidia’ y ‘clerical’. Si entendiéramos que los dones, los talentos que Dios le ha dado a mi hermano sacerdote son míos, no tendríamos envidia. Si tenemos envidia es porque no hemos entendido que Dios me ha creado como un don para los demás y que ha creado a cada uno de los demás como un don para mí. Y entonces sus riquezas son mías, no están en competencia conmigo. Si entendiéramos esto yo creo que mejor nos iría. Pues bien, vamos a aprovechar esta celebración final del Año Sacerdotal para crecer en la fe, para crecer en la vida espiritual y plantearnos qué es lo que Dios está queriendo de cada uno de nosotros y a lo que debemos responder. Porque en esta vida hermanos, esta vida pasa, y uno puede engañar al prójimo pero no puede engañar a Dios. Y al final, sería una pena que este pueblo de Dios al que acompañamos llegara al cielo y nosotros nos quedáramos por el camino. ¡Sólo nos faltaría! Porque ser sacerdote no lo es todo. Uno puede ser sacerdote e ir al infierno. Pero si uno trata de ser santo, uno no puede ser santo e ir al infierno. Esa es nuestra verdadera vocación. Que Dios les bendiga. Audio de la homilia Download Embed Embed this video on your site Galería Fotográfica |




En la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, en la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes se celebro la Eucaristía por la santificación del Clero que sirvio de marco para clausurar el Año Sacerdotal.