A nombre del pueblo panameño, el Obispo de David y Presidente de la Conferencia Episcopal Panameña, Monseñor José Luis Lacunza, invitó al Santo Padre Benedicto XVI a visitar suelo patrio, en el año 2013, en la celebración del Quinto Centenario de la Iglesia de Panamá, la primera Diócesis de Tierra Firme del Continente Americano.

Las palabras del Presidente de la Conferencia Episcopal se dieron al concluir la Visita ad Limina, realizada desde el 15 al 19 de septiembre, período en el que cada obispo tuvo una audiencia particular con el Papa y para luego concluir con una reunión con el pleno de los obispos panameños, el día viernes 19 en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, en Roma.
A continuación el texto de las palabras pronunciadas por Monseñor Lacunza.
Beatísimo Padre:
Los Obispos de Panamá nos sentimos alegres al encontrarnos con Su Santidad en el momento cumbre de la Visita Ad Limina, acto de comunión en la fe y en la solicitud por todas las Iglesias. Cum Petro et sub Petro reafirmamos nuestra fidelidad a Cristo y su Evangelio y renovamos nuestra vocación de servicio en la Iglesia para que nuestros pueblos en Cristo tengan vida en plenitud. Agradecemos la fraterna acogida que hemos experimentado de parte de todos sus colaboradores y el intercambio de opiniones, sugerencias y experiencias con que nos han ayudado para nuestra misión y compromiso pastoral. También expresamos nuestro gozo por haber podido, durante estos días, vivir y celebrar nuestra fe en las Basílicas Patriarcales de Roma.
En comunión y representación de la Iglesia que peregrina en Panamá, le expresamos la devoción filial de un pueblo que recuerda la Visita de su amado predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, como uno de los momentos más significativos de su historia. También queremos hacernos eco de la gratitud, no sólo de los católicos sino también de todo hombre y mujer de buena voluntad, por su magisterio claro y firme que, desde el Evangelio, proclama y defiende la dignidad de todo hombre y mujer. Sus Encíclicas Deus caritas est y Spe salvi, así como sus Discursos y Homilías y el estudio sobre Jesucristo, son norte seguro para quienes quieren vivir su fe con coherencia y fidelidad.
La Iglesia de Panamá, la primera en Tierra Firme del Continente Americano, fundada en 1513 por el Papa León X bajo el amparo de Santa María La Antigua, celebrará en los próximos años sus 500 años. Este acontecimiento nos ha puesto en movimiento para revisar nuestras estructuras, planes y opciones pastorales, de manera que todos los que integramos la Iglesia seamos, desde nuestra identidad, plenamente asumida y revitalizada, fermento de vida y santidad.
Somos conscientes, sin embargo, de que, como nos dice Aparecida, no son las estructuras ni los grandes planes o programas los que revitalizan la Iglesia, sino hombres y mujeres que, como verdaderos discípulos y misioneros, encarnen la novedad del Evangelio. Por ello, estamos inmersos en la tarea de divulgación del Documento Conclusivo de Aparecida y en la preparación de la Misión Continental, cuyo lanzamiento formal en nuestra Iglesia tendrá lugar el Primer Domingo de Cuaresma del próximo año, teniendo como marco la anual Peregrinación a la Basílica Menor de Atalaya, en la Diócesis de Santiago de Veraguas, en veneración de la imagen de Cristo Nazareno. Tenemos puestas grandes esperanzas en que, a partir de esta Misión y con el espíritu motivador de Aparecida, todos, Pastores y fieles, reavivemos el amor primero y demos muestras coherentes y convincentes de nuestra fe. En esa línea, será también de gran ayuda el Año Paulino, convocado por Su Santidad para conmemorar el bimilenario del nacimiento del Apóstol de los Gentiles.
Compartimos con Su Santidad los gozos y esperanzas de una Iglesia que reconoce los dones y gracias de su Señor en los muchos hombres y mujeres que se esfuerzan por hacer realidad el compromiso de su Bautismo, tanto en la construcción de la ciudadanía como de la eclesialidad. Es justo y necesario reconocer la abnegación y generosidad de tantos Catequistas, Delegados de la Palabra, Animadores de Comunidades, Ministros Extraordinarios de la Comunión que, especialmente en las áreas indígenas y campesinas, son la presencia viva de la Iglesia y quienes alimentan y sostienen la fe del pueblo.
Aunque en número todavía insuficiente, también reconocemos la respuesta de jóvenes que optan por el ministerio sacerdotal y la vida consagrada. Y, en este sentido, conscientes de que es una de nuestras mayores prioridades y siguiendo las instrucciones de la Congregación para la Educación Católica, hemos hecho y seguimos haciendo esfuerzos para mejorar los planes de formación de los Seminarios Mayores y Menores de nuestras Iglesias, tanto desde el punto de vista académico como pastoral, en orden a dotar a la Iglesia y al mundo de muchos, santos y sabios sacerdotes, a la medida del corazón del Buen Pastor.
Nuestra Iglesia, animada por el Espíritu y con la fuerza de la Palabra, se esfuerza por proclamar el Evangelio del amor, de la vida y de la familia en un mundo cada vez más complejo. Ciertamente nuestro pueblo, multiétnico y pluricultural, todavía se muestra receptor y acogedor de los valores cristianos, aunque, cada vez más, se siente el influjo de corrientes y actitudes que, como Su Santidad ha señalado tantas veces, motivadas por un relativismo, consumismo y secularismo rampantes, traen consigo visiones reductivas del hombre y de la sociedad. Las consecuencias se palpan cuando, en las políticas sociales, económicas y culturales, los valores humanos quedan supeditados a criterios de productividad, de rentabilidad económica, de sostenibilidad del mercado o de accesibilidad a créditos. Y es entonces cuando vemos que, a cualquier costo, se introducen reformas legales que tratan de imponer, especialmente en el ámbito de la salud y de la educación, normas para la formación en la salud sexual y reproductiva contrarias no sólo a la ética cristiana sino al plan natural querido por Dios respecto a la persona, a la familia y a la vida.
No podemos menos que recordar que los cambios personales y sociales que exige nuestra conversión personal y pastoral sólo serán posibles y eficaces si se dan desde un encuentro personal y una plena comunión con Cristo. De ahí la necesidad de insistir en la Eucaristía como fuente y culmen de la vida cristiana, haciendo hincapié en su celebración dominical y en el misterio de la presencia real permanente de Cristo en las especies eucarísticas. Gracias a Dios y a las orientaciones de su Magisterio Pontificio, están cobrando auge entre nosotros las distintas formas de adoración al Santísimo.
Si miramos el aspecto social de Panamá, tenemos que poner de relieve dos aspectos. Por un lado, el económico, y, por otro, el político:
1) Desde el punto de vista económico, no cabe duda de que Panamá está pasando por un auge extraordinario, basado en su posición geográfica y en el Canal interoceánico, con el proceso de ampliación. Lamentablemente, este auge económico no se refleja en la vida y en las condiciones de todos los panameños y panameñas ya que los niveles de pobreza y pobreza extrema siguen casi inalterables en torno al 40%. Ciertamente el gobierno ha hecho un esfuerzo considerable por distribuir los fondos provenientes de la operación del Canal, pero muchas veces son sólo paliativos y se requiere de políticas más consistentes en orden a generar oportunidades que lleguen a los sectores más marginados de la sociedad. Los indígenas y campesinos siguen siendo entre nosotros los rostros sufrientes de Cristo, condenados, por la falta de recursos y oportunidades, a subsistir en condiciones infrahumanas en sus lugares de origen o a emigrar a los cinturones de miseria de las ciudades.
2) En el ámbito político, estamos inmersos en la campaña electoral que desembocará en las elecciones de mayo del 2009. No cabe duda de que los panameños y panameñas hemos crecido mucho desde que en 1989 se reinstaurara el sistema democrático. Sin embargo, quedan resabios de politiquería, propaganda abusiva y lesiva, debates sin contenidos y con diatribas. Como Conferencia Episcopal, a través de la Comisión de Justicia y Paz, estaremos presentes y vigilantes del torneo electoral mediante la firma del Pacto Ético Electoral y la Observación de las Elecciones, ayudando a que tanto la clase política como el pueblo siga creciendo en los valores cívicos. Es necesario, en este Ámbito, el rescate y la valoración de la actividad política como muestra de amor al prójimo y compromiso con la construcción del Reino, en aras de revertir la mala imagen que, sobre todo en los jóvenes, tiene la actividad política. En esa línea, estamos en vías de elaboración de una Carta Pastoral sobre la política, que sirva de guía y animación para el próximo torneo electoral.
Necesitamos, sin lugar a dudas, asumir como prioridad la formación integral y específica de nuestros laicos y laicas para que asuman las responsabilidades de su vocación y misión, siendo, como decía Puebla, hombres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia. Es evidente que, mientras hay una fácil disponibilidad para asumir funciones o tareas intraeclesiales, se da una falta de compromiso de la mayoría de los fieles para evangelizar las estructuras políticas, económicas, laborales, culturales y sociales, con la consecuencia de una sociedad no cristiana integrada por cristianos. Sabemos que uno de los retos que tenemos que afrontar es la formación y capacitación de los jóvenes, tanto a través de la Pastoral Juvenil como de la Pastoral Educativa, para que los futuros constructores de la sociedad entiendan y asuman la responsabilidad social como parte de su coherencia cristiana.
En consecuencia con lo anterior, se hace urgente, como lo señala Aparecida, revisar y reestructurar los itinerarios de formación para la recepción de los sacramentos, especialmente los de la Iniciación Cristiana, a fin de convertirlos en procesos continuos y permanentes, que desemboquen en una real coherencia entre fe y vida. También en esto estamos comprometidos mediante la revisión del Directorio de Pastoral Litúrgica que, en los inicios de los años 90, fue aprobado por la Conferencia.
Con la humildad de nuestros medios, con sencillez de espíritu, pero con la firmeza de quienes se saben llamados y enviados por el Señor, renovamos nuestra disponibilidad de servir a la Iglesia y al Pueblo de Dios que peregrinan en Panamá.
Y, para terminar, y disculpe nuestro atrevimiento, quisiéramos expresarle nuestro profundo deseo, compartido por el Pueblo panameño, de que nos acompañe, en el año 2013, en la celebración del Quinto Centenario de la Iglesia de Panamá, la primera Diócesis de Tierra Firme del Continente Americano.
Santo Padre: Jesús confío a Pedro la misión de confirmar en la fe a sus hermanos. Suplicamos su Bendición Apostólica para nosotros y nuestras Iglesias a fin de, sabiéndonos unidos al Vicario de Cristo y fortalecidos por su oración, seguir en la común misión de hacer que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias. Este es el mejor servicio –su servicio!– que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones. (DA 14).