«La formación del hombre de Dios es una tarea delicada y no menos primordial que la anterior. El primer agente de la vida espiritual es el Espíritu Santo».
Los esfuerzos que hace una persona para su progreso espiritual no tienen otro sentido sino el de disponerla a la influencia y a la acción del Espíritu que se ejercitan cotidianamente en el corazón de la experiencia de vida de cada uno. Por lo tanto, el punto de partida de todo crecimiento espiritual es la situación concreta, actual, de la persona en su propia existencia y en su vida de fe. El desarrollo de la vida espiritual es asunto de toda una vida; no es un proceso lineal sino dialéctico: progreso/ regreso; conversión/pecado; libertad espiritual/dependencia radical de Dios; crecimiento individual/vida de Iglesia.
«La formación del futuro presbítero debe comportar una perspectiva de integración de todos los aspectos de su vida. Pero lo que puede asegurar la unidad existencial del candidato es su comunión de vida en la Iglesia con Cristo Pastor (LG 41; PO 7). Por eso la formación espiritual que aspira al progreso y a la intensificación de esa comunión de vida con Cristo es el elemento primero y el eje de toda la formación del futuro presbítero (PS 1, 1). Si el futuro presbítero llega a decir como San Pablo «para mi, vivir es Cristo» (Filp. 1,21) entenderá la puntualización de San Juan «quien dice que permanece en Él, debe vivir como vivió El», y será ciertamente apóstol de Jesucristo por cuanto es testigo por su propia vida. Esto comporta una asimilación vital del Evangelio, expresada a través de un testimonio de vida. En ese sentido, la formación espiritual y la formación apostólica son una misma y sola cosa. Es el Espíritu quien a veces lleva a Jesús hasta el desierto o la montaña para orar, y a veces hasta la muchedumbre para hablarles del Padre y de su Reino» (ibid).
«El crecimiento espiritual debe realizarse en un medio ambiente eclesial: la Palabra de Dios, la reflexión teológica, la vida litúrgica, la tradición espiritual y el servicio apostólico de la Iglesia constituirán, entre otros recursos, ese medio ambiente alimentador. En la formación del candidato, la comunidad del seminario y el Equipo de Formadores son elementos importantes de ese medio ambiente eclesial» (ibid). «No hay lugar a dudas de que la formación de un futuro presbítero depende, en primer lugar, de su esfuerzo personal, de su lucidez y generosidad para responder a la invitación del Señor, haciéndose dócil a la acción del Espíritu y persiguiendo los objetivos que iluminan su proceso vocacional. Por eso le damos una importancia muy grande al papel del Director Espiritual. Es él quien normalmente se encuentra en mejor situación para ayudar al candidato a cuestionarse, conocerse, descubrir los deseos del Señor sobre él a lo largo de su camino e integrar los diferentes elementos de formación que concurren a su preparación al sacerdocio» (ibid págs. 16-17).



